Navidad, dulce Navidad. Pues claro que sí.

REFLEXIONES DEL KOFY, EL GATO VIAJERO.

Hoy en día queda muy snob decir aquello de "odio la Navidad" y yo, la verdad, no entiendo muy bien por qué. De hecho es relativamente fácil encontrar textos denostándola, En cambio, pocos editoriales o artículos de opinión encontraréis en su defensa. Todo esto me parecería correcto si luego el comportamiento del conjunto de la sociedad fuera a la par de estas corrientes de opinión. Pero la realidad, a la vista está, queda muy lejos de practicar lo que predican esos modernos que afirman odiar la Navidad. A mi me gusta, aunque también es cierto que, por momentos, me resulta un poco empalagosa. Por lo tanto, no voy a ir contra la Navidad. Más bien todo lo contrario. Pero sí voy a criticar ciertos actos que adulteran mi Navidad deseada.


Lo primero que no me gusta de estos días es la precocidad con con la que se inician las celebraciones. Entiendo perfectamente las prisas de comercios y centros comerciales en embadurnarse con ese falso espíritu navideño, pues largamente comprobado está el incremento de su caja durante estas fechas. Lo que ya me resulta mucho más complicado de entender es que los ciudadanos le hagan el juego. Y está claro que se lo hacen. En caso contrario ya hubieran invertido esta tendencia, y es más que evidente que no lo han hecho.

Por otra parte, me resulta muy empalagosa esa decoración recargada de lucecitas y otros elementos de dudoso gusto con el que los centros comerciales intentan atraer y empujar a un consumo descontrolado a sus clientes. Por eso, aunque me gusta la Navidad, y mucho, procuro no pisar durante todo el mes de diciembre, y la primera quincena de enero, los centros comerciales. 

Las Navidades para mi oficialidad personal comienzan el 22 de diciembre con el tintineo de las bolas de la lotería. Ese sonido, junto al monótono recitar de números por parte de los niños del Colegio de San Ildefonso son parte de mi patrimonio sensorial navideño. Por eso, pese a llevar más de una década sin jugar un solo céntimo a la lotería, ese elemento de nuestras navidades me gusta. Y me gusta ver como cada 22 de diciembre, en la televisión, los informativos del mediodía de las diferentes cadenas arrancan con un grupo de gente descorchando botellas de cava para celebrar que les ha tocado el gordo.


En cuanto a la decoración con la que los consistorios municipales intentan transmitir el espíritu navideño a sus vecinos tengo opiniones contrapuestas. Esa iluminación con la que, en cierto modo dan calor y color a las frías noches del invierno, salvo algún disparate sonado, me gusta. Pero también es cierto que, durante el día, lo que nos queda de esa colorida estampa nocturna son horrendas estructuras metálicas colgadas a diestro y siniestro en las calles y plazas más céntricas de las ciudades. Habría que llegar a una situación en la que la decoración tuviese un atractivo estético tanto a la luz del sol como de las estrellas.

Este esmero de los ayuntamientos por transmitir con su decoración el espíritu navideño se traslada con bastante eficacia. De hecho, por muy frías que sean los anocheceres de estos últimos días del año, las calles se llenan de peatones, especialmente en las grandes ciudades. Madrid, por ejemplo, de tanta gente como hay, se vuelve casi intransitable por determinadas zonas. Por esa razón procuro ir lo mínimo al centro durante esos días, y desde que puse en práctica esa costumbre, la Navidad me gusta más.

Otro elemento que me parece muy a tener en consideración durante estas fechas son las cenas de empresa. hay quien las odia a muerte y quien pone gran empeño en su organización. A mi me parecen divertidas y quienes se incluyan en el primer grupo, creo que su problema no es tanto con la cena en sí, sino con el ambiente que viven en el trabajo. En cualquier caso, con buscar una excusa un poco creíble sería suficiente. Estoy seguro que si alguien que no quiere ir, no va, sus compañeros no le echarán en falta.

Y ya metidos en los berenjenales de los ágapes navideños, tenemos que hablar, como no podía ser de otro modo, de las largas reuniones familiares que, siendo eternas para algunos, son auténticas fiestas para otros. Este es uno de esos temas que por sí solo bien merecería un capítulo en exclusiva analizando cada uno de los perfiles que, casi sin salirse ni un solo milímetro de su papel, interactúan en la mesa. 

Estas reuniones familiares son unos banquetes que, aun teniendo que lidiar en ocasiones con ciertos compromisos un tanto comprometedores -valga la redundancia- lo peor son los excesos culinarios. Unos excesos promovidos por los anfitriones que parecen empeñados en agasajar a los comensales con todo lo comestible y bebible que difícilmente se podrá digerir en una semana. 

Aun así, y pese a todo lo dicho anteriormente, la Navidad me gusta.

Y también me gustan los Reyes Magos que, no solo alargan un poco las navidades, sino que además nos retrotraen  a una infancia en la que, ilusionados, ansiábamos su llegada. Otra sensación que guardo con mucho cariño de mi lejana infancia y que, no solo por tradición, sino también por cariño deseo transmitir a mis hijos.

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