Navidad, dulce Navidad.

En estos tiempos que corren queda muy snob decir aquello de "odio la Navidad" y, la verdad, no se comprende muy bien por qué. De hecho es relativamente fácil encontrar textos denostándola. En cambio, pocos artículos de opinión se centran en su defensa. Todo esto  parecería correcto si luego el comportamiento de la sociedad fuera en consonancia con estas corrientes de opinión. Pero la realidad, a la vista está, queda muy lejos de seguir la misma línea de lo que predican esos modernos que afirman odiar la Navidad. Aunque también es cierto que, por momentos, resulta un poco empalagosa, no se debe platicar contra ella. Más bien todo lo contrario. Eso sí, hay que ser críticos con aquellos elementos que adulteran una Navidad deseada.

Lo primero que hay que criticar de estos días es la precocidad con con la que se inician las celebraciones. Se entienden las prisas de comercios y centros comerciales en embadurnarse con ese falso espíritu navideño, pues está más que comprobado el incremento de su caja durante estas fechas. Lo que ya resulta mucho más complicado de entender es que los ciudadanos le hagan el juego. Y está claro que se lo hacen. En caso contrario ya hubieran invertido esta tendencia.

Por otra parte, resulta muy empalagosa esa decoración recargada de luces y otros elementos de dudoso gusto con el que los centros comerciales intentan atraer y empujar a un consumo descontrolado a sus clientes. 

La Navidad debiera comenzar el 22 de diciembre con el tintineo de las bolas de la lotería. Ese sonido, junto al monótono recitar de números por parte de los niños del Colegio de San Ildefonso son, pese a quien le pese, parte del patrimonio sensorial navideño. También forma parte del patrimonio navideño español escuchar como cada 22 de diciembre, en la televisión, los informativos del mediodía de las diferentes cadenas arrancan con un grupo de gente descorchando botellas de cava para celebrar que les ha tocado el gordo.
En cuanto a la decoración con la que los consistorios municipales intentan transmitir el espíritu navideño a sus vecinos tiene su contrapunto. Esa iluminación con la que, en cierto modo dan calor y color a las frías noches del invierno, salvo algún disparate sonado, es interesante. Pero también es cierto que, durante el día, lo que se ve de esa colorida estampa nocturna son horrendas estructuras metálicas colgadas a diestro y siniestro en las calles y plazas más céntricas de las ciudades. Habría que llegar a un equilibrio con el que la decoración tuviese un atractivo estético tanto a la luz del sol como de las estrellas.

Este esmero de los ayuntamientos por transmitir con su decoración el espíritu navideño se traslada con bastante eficacia. De hecho, por muy frías que sean los anocheceres de estos últimos días del año, las calles se llenan de peatones, especialmente en las grandes ciudades. Madrid, por ejemplo, de tanta gente como hay, se vuelve casi intransitable por determinadas zonas.

Otro elemento que se debe tener en consideración durante estas fechas son las cenas de empresa. Hay quien las odia mientras que otros ponen gran empeño en su organización. Sin duda, estas cenas se han convertido en otra seña de identidad de la Navidad. Son divertidas y, a quienes no le hagan gracia, con una simple excusa pueden solucionar el problema. En cualquier caso, el problema no es tanto con la cena en sí, sino el ambiente que viven en el trabajo a diario. Si alguien que no quiere ir, no va, sus compañeros no le echarán en falta.

Y metidos en los berenjenales de los ágapes navideños, es necesario hablar, como no podía ser de otro modo, de las largas reuniones familiares que, siendo eternas para algunos, son auténticas fiestas para otros. Este es uno de esos temas que por sí solo bien merecería un capítulo en exclusiva para su análisis describiendo cada uno de los perfiles de los comensales que interactúan en la mesa. 

Estas reuniones familiares son unos banquetes que, aun teniendo que lidiar en ocasiones con ciertos compromisos poco deseados, lo peor son los excesos culinarios. Unos excesos promovidos por los anfitriones que parecen empeñados en agasajar a los comensales con tal cantidad de comida y bebida que a duras penas se podrá digerir en una semana. 

Aun así, pese a todas las pegas que se le puedan poner, la Navidad es una fiesta entrañable. Y también lo es la de los Reyes Magos que, no solo alargan un poco las fiestas, sino que además recuerdan una infancia en la que, ilusionados, se ansiaba la llegada de los magos. Una tradición y un patrimonio cultural que por respeto a los más mayores debería transmitirse a las generaciones futuras.

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