Albarracín, bello pueblo de Teruel

Teñido de rojo rodeno.

En una relación de los pueblos más bonitos de España, no solo debe de aparecer Albarracín, sino que además ha de ocupar un puesto privilegiado. Es difícil pensar que alguien que llegue por primera vez hasta esta localidad situada al suroeste de la provincia de Teruel no se asombre ante la estampa que se encuentra ante sus ojos. Así debieron pensarlo también quienes en 1961 decidieron declararla Monumento Nacional. Eso es así porque, si de algún lugar el escritor tiene la sensación de quedarse corto en sus descripciones, ese es, sin duda alguna, en Albarracín.


Albarracín apenas cuenta con un millar de habitantes que, aunque a priori pudieran parecer pocos, no lo son, habida cuenta de que nos encontramos en la España vacía. Esa España cuya densidad de población es inferior a la de Siberia o incluso a la de Laponia. Este pequeño oasis de población en este inmenso vacío demográfico se debe, en buena parte, al atractivo turístico de la localidad.
Vista General de Albarracín.
Al llegar hasta aquí, lo primero que sorprende al viajero es el caserío de color rodeno encaramado en un lugar imposible. ¡Qué manía tenían los antiguos por levantar sus núcleos de población en los lugares más escarpados! Porque este lugar ya fue habitado desde hace mucho tiempo. La toponimia de la localidad es de origen árabe, pero, según demuestran algunos hallazgos arqueológicos, ya antes por aquí anduvieron los romanos. Incluso mucho antes hubo humanos que dejaron su impronta en cuevas y abrigos de los alrededores.
Casa Julianeta.
Paseando por las empinadas, estrechas y, sobre todo, anárquicas callejuelas que conforman el entramado urbano, son infinidad de detalles los que llaman la atención del turista. Pero es el continuo desafío a las leyes de la gravedad el que más asombra a los transeúntes. El ejemplo más claro es el de la Casa de Julianeta, cuya imagen enmarcada por el Portal de Molina es una de las más repetidas de la localidad.
Vista de Albarracín.
Junto al asombroso juego de líneas y formas geométricas de los edificios, llama también la atención el color rodeno con el que se viste todo el caserío. Una tonalidad que no es sino la extensión del de las tierras circundantes que por aquí la madre naturaleza ha decidido pintarlas así. Esta armonía cromática solo es rota por el azul de la Casa de los Navarro de Arzuriaga. Tanto tiempo lleva este verso suelto que, no solo no desentona, sino que se ha convertido en otra de las señas de identidad de Albarracín.

Entre los principales monumentos de la ciudad se encuentra la Catedral. Un templo modesto si se compara con las sedes episcopales de otros lares, pero que destaca con luz propia en el conjunto albarriciense. No hay que perderse su museo.
Plaza Mayor de Albarracín.
En la Plaza Mayor hay que acercarse hasta los soportales situados en el Ayuntamiento desde los que se ofrecen buenas vistas sobre el valle del Guadalaviar, río que rodea al pueblo y  cuyo nacimiento no se encuentra lejos. Este río cuando abandona las tierras turolenses para adentrarse en la Comunidad Valenciana torna su nombre por el de Turia.
Murallas de Albarracín.
Albarracín también cuenta con un Alcázar, recientemente restaurado y habilitado para visitas turísticas.  Las murallas son restos de un conjunto defensivo medieval, bien conservado y restaurado en algunos tramos, a cuyo punto más elevado hay que subir pues, desde él, se obtienen buenas panorámicas. Pero, como se decía al arrancar este artículo, en esta localidad, más allá de este o aquel monumento, hay que destacar el conjunto y todos esos pequeños detalles que lo hacen hermoso.

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