RELATO 006

La playa.
Autor: F.G.O.
 
   Ahora que recuerdo, desde que hice aquél viaje el lumbago no ha parado de fastidiarme. Si quiere que le diga la verdad, el motivo de mi queja no es el dinero dilapidado en los contratiempos, ni el perder el avión de regreso, y ni mucho menos las molestias de la espalda. El motivo es “la playa” que se vende en los folletos propagandísticos, paradisíaca como la playa que sale en la película del Leonardo di Caprio, pero sin información geográfica ni topográfica del lugar, sin conocimiento en absoluto de las tribus salvajes del lugar, ni su cultura. Supongo que su compañera de la agencia le ha contado todo. Cuando uno ve esas playas enseguida sabe que tiene que visitarlas, que representan el paraíso perdido, la paz, lo genuino y maravilloso contrapuesto al mundo loco éste que se abandona con el último avión o barco. Jamás de los jamases se va a imaginar que se está adentrando justamente en el infierno, del que se imagina huir como un poseso, preso del estrés, las prisas y las esclavitudes del dinero, la crisis y demás. Pero es que además yo huía de un planchazo amoroso impresionante, para olvidar. Hacía justo unas horas que había cortado con una chica, y majaderamente se me ocurrió pensar que tal vez haciendo un viaje ultra-oceánico para unas vacaciones de lo más exóticas, la acabaría olvidando, porque era tremenda, y me tenía el seso comido. Estaba tan obsesionado en mi locura por olvidarla, que se me olvidó pensar en el tiempo, y tenía prisas por salir del país echando chispas. Por olvidar, olvidar lo antes posible.Así que cogí el avión hacia el archipiélago famoso, haciendo varias escalas importantes, y unos días después, ya en el barco, me aburrí como una ostra, porque hacía mala mar y uno no podía salir a cubierta a mirarlo todo, bueno todo todo…,, El buque me encantaba, y lo recorría de punta a punta sin cansarme. A veces me dormía en una butaca comunitaria en medio de los turistas como yo, y luego al despertar incrédulo salía a contemplar el cielo, las  nubes, mientras parecía que se me pasaba el mareo, no quería detenerme, de modo que como no sabía qué hacer para no pensar en ella, ni continuar el estropicio de morderme las uñas en la cafetería donde ya me tenían fichado como “the White coffe”, -que tengo que mirar qué significa-, pensaba que poniéndome a hablar a diestro y siniestro con todo el mundo allí, sin ton ni son, por mor que alguno debería pensar que había perdido la chaveta, al final el tiempo acabaría pasando para acabar distrayéndome, y en lugar de eso, porque todo me parecía en el fondo irreal al final, me veía de súbito transportado a mi camarote otra vez, para volver a contemplar el cielo encapotado y las plúmbeas y fieras nubes descargar al fin toda su furia sobre la cerrada negrura, allí sentado en esa especie de mini sofá-cama frente al ojo de buey amenazador que a conciencia fabricaban en el pladur tan pequeño.Al final, bueno, llegó un momento en estas salidas y entradas al camarote en que debí pensar que no podía soportar ni un café con leche más, en todo es más confuso, y no recuerdo bien, como no podía dormir, pero me parece que entre una cosa y otra pillé una cogorcia, y no recuerdo bien cómo empezó todo en el bar de estribor, porque si cabe la tortajada todavía lo es duplicada en un barco que no para de cabecear en el océano, imagínese. El caso es que llegué a mi destino. Una cosa sí que recuerdo perfectamente cuando llegué al Hotel: al verme solo y de vacaciones allí, con la escuálida maleta en la mano, la recepcionista me miraba como cuestionándome, Amable en todo, hasta el día en que desaparecí en la selva y no volví a verla, estuvo de lo más correcta y amable, pero como pareciendo dudar : “¿y éste qué hace aquí en este hotel ahora?” ¿Sabe esas cosas que inmediatamente se intuyen cuando le observan a uno, por las miradas atisbadas en décimas de segundo, que empatizan al revés?  Por eso aquella noche ni bajé al hotel a cenar. Me comí un sándwich de los que llevaba de sobra y con agua del grifo en un vaso me puse a ver los canales de la tele local de aquél país extraño de habla hispana. Empezaba otra vez a aburrirme, temiendo lo peor, pensar en ella, y volver a comerme el coco. Había leído en una revista científica que no hay que dejar que esto ocurra desde la primera toma de conciencia, inmediatamente hay que desechar estos pensamientos nefastos de la mente. Recuerdo que me hacía gracia expresiones como “enseñar los dientes”, refiriéndose a sonreír. Me reía, pensando en cuando ella me “enseñaba los dientes”, en parte enajenado por la resaca y a veces los tabiques de la habitación retumbaban, por los golpes de los vecinos de juerga. Y esto todavía me hacía subir más el volumen de estas televisioncitas del año de la kika que hay en los hoteles modestos.
   Por la mañana sin embargo estaba todo olvidado. Lo que veía de la isla me gustaba: mucho verde, ríos y montes frondosos, ensenadas y espesuras repletas de brillantez por doquier. Había tiendas y todo tipo de comercios de bagatelas lugareñas, como en todas partes en este mundo globalizado. Pero no importaba para nada. Me puse manos a la obra para saber más de la  isla dónde me encontraba, y como me dijeron que había a pocos kilómetros por mar una isla muy pequeña, y por lo visto desierta, me aventuré a alcanzarla como fuera en cuanto tuve conocimiento de su aspecto localización. Después de preguntar en la oficina de turismo local, di casi de casualidad con un nativo que tenía una barcaza, y al cabo de una hora más o menos de singladura rectilínea por el ancho Pacífico, mientras el sol abrasador tostaba mi piel y la barcaza luchaba contra las encrespadas olas, íbamos llegando al sueño predilecto de todo urbanita desde que se inventaron los tinglados megatropolitanos de trillones y trillones de habitantes, y en cuestión de minutos, ya me encontraba allí. Increíble, pensaba desorbitado y fuera de mí, es un sueño, como las aguas coralinas y nítidas, de un verde esmeralda de ensueño de la película de La Playa, que a mí siempre me recordaban los roquedales y cuevas submarinas de Binibeca, en Menorca, que había buceado en el noventa. ¡Exactamente igual! Mientras el nativo se alejaba despidiéndose con el retumbar descascarado de la motora en la brisa solitaria de la bahía, yo me felicitaba, todavía incrédulo, y me decía: “El mar en calma como una pátina de tranquila y serena ¿felicidad? Sí, claro, si un nombre acude a mi mente entumecida es justamente éste, no el tuyo, ingrata. ¿Qué lugar mejor que una isla desierta y salvaje para olvidarte, mi amor, sin los inconvenientes del móvil, -que abandoné en casa a caso hecho-, ni las casualidades de la calle, puesto que así lo has querido?” Sin los inconvenientes de las obligaciones de la sociedad, no la encontraría jamás, ni en el trabajo, ni el gimnasio, en ninguna parte. No, aquí no. No cabía de contento. Y a pesar de alegrarme de las momentáneas recaídas en el pensamiento de ella, en su cuerpo lleno de gracia y su donaire, cada vez menos frecuentes, cuando me acordaba de frases puñeteras y punzantes que decía, que tenían la virtud de soliviantarme y ponerme celoso, me tomaba una fruta de esas nunca vistas de la isla, y el alivio que sentía entonces por la sed, el olvido y por todo era tal que me quedaba extasiado durante horas mirando el horizonte y disfrutando como un niño con zapatos nuevos de mi recién estrenado hogar. Por fin lo había hecho, me congratulaba.  Pero cuando pasaba el efecto dulzón y embriagador de la fruta exótica que yo denominé “Guacabaya”, volvía como un necio inconsciente a pensar en ella y todo lo que habíamos pasado juntos, sobre todo lo más bonito, esos recuerdos románticos y sensuales que como un aguijón melifluo vuelven insistentemente a la memoria justo cuando menos lo necesitas. Pero entonces al confiarme, como todo volvía como las mareas a la memoria desde la profundidad de la nada, las mareas impresionantes que veía en la playa, que se levantaban y bajaban como un acordeón de espuma y arena, o un pequeño sunami a cámara lenta, entonces, igual que esas mareas suaves y reales, volvía a ella como un niño enfadado y enamorado, Pero automáticamente pensaba entonces en los momentos peores. Tenía la mala costumbre, de cuando en cuando, de rajar de sus múltiples y variados amigos, de lo que hacía con alguno de sus ex, uno para cada día de la semana, por lo visto, que no sólo me restaban tiempo a mí para verla, sino que cuando desaparecía durante semanas -porque no podíamos vernos taxativamente-, me hacían indefectiblemente pensar en los cornúpetas del monte, tan felices e ignaros de todo. Pero en esos instante, justo antes de caer deprimido en la arena para coger una insolación durante horas, me tomaba otra Guacabaya deliciosa. Y como un remedio maravilloso me adormecía ligeramente, allí, rodeado de lo mejor y más genuino del mundo, con  el espectáculo de una paz indecible por doquier, y el sonido tan relajante de las olas,  su ensueño natural  arrebatador, me quedaba como el que dice flipando en el olvido. Era como la medicina que supongo toman los enfermos, que sin darse cuenta al cabo de escasos minutos los transportan a la gloria. Para mí eran igual las Guacabayas: estas frutas rojas y amarillas  con forma de pecho exuberante que había por doquier allí, como maná para mi salud física y mental. ¡Guacabayas!!! Enseguida a la mañana siguiente cuando me desperté, me propuse hacer una incursión isla adentro, cual robinsón moderno, para reconocer los alrededores misteriosos. En las primeras horas ya tenía bosquejada una cabaña en un montículo natural entre los palmerales, la había oteado por encima de un Turó natural, y por increíble que parezca, el nombre de mi ex no aparecía por mi mente. Fue cuando me detuve a hidratarme con otra de estas frutas exóticas, cuando pensé por primera vez si no estaría habitada después de todo. Como por instancias ocultas, fue pensar esto que de nuevo me maravillé al escuchar de pronto unos tambores lejanos, confirmando maravillado y sobrecogido que el sonido no provenía de ningún otro sitio, y que para mí se acabó la calma soledad. Esto por otro lado representó un gran alivio, pese al posible riesgo que vislumbré al instante. Como el hecho que me producía la actividad frenética para instalarme, la faena y vistosidad de todo cuanto veía, me habían distraído sobremanera y embargado de la obsesión, no había reparado en los posibles dueños, y confiando en las palabras de la oficina de turismo, ahora descubría que no era verdad, para nada. Los tambores se arreciaron a medida que fui adentrándome en la hondonada profunda y fragosa, de un verdor jamás soñado, de aquella selva desconocida e inabordable con mis escasos medios. Avanzar entre la espesura se hacía cada vez más difícil e intrincado, pero como me había propuesto insensatamente seguir, ir a al encuentro de aquella gente era el objetivo, y sin pensar en nada, ni la prudencia ni las vanas esperanzas del pasado me frenarían. Es increíble darme cuenta que no había planeado ningún tipo de estrategia al margen de la mera curiosidad, qué osadía. No pensando en el peligro, sin siquiera un protocolo para presentarme, continuaba avanzando con el objetivo de llegar hasta la tribu de los tamboreros, que tal vez ya se habían dado cuenta de mi presencia por el humo y toda la escandalera que había armado para construirme la cabaña. Todo y que seguramente estos nativos les tendrían mucha manía a los civilizados ciudadanos que con el turismo local estaban echando a perder flora y fauna autóctonos, contaminándolo y corrompiéndolo todo a su paso, no me achiqué para nada, y animado por la amabilidad hospitalaria típica del género humano de todas las épocas, seguí luchando contra los matojos y todo tipo de yerbajos en medio de aquel bosque oscuro de la hondonada, hasta que llegué a un poblado de cabañas medio alineadas, y pensé: ya está, la suerte está echada. Poco a poco, cautelosa y prudentemente me fui acercando hasta que unos niños enseguida comenzaron a gritar llamando a los adultos. Cuál no sería mi sorpresa al comprobar que en unos instantes, en menos que canta un gallo, estaba rodeado de unas preciosas nativas despechugadas y sonrientes, y lo que es más, muy atractivas y graciosas… Pero no vi, curiosamente, ningún hombre, lo que me hacía pensar en lo peor, que estarían cazando, aunque esto enseguida lo olvidé, porque entonces los hechos se sucedieron rápidamente. Hice ademán de presentarme, ofreciendo mis Guacabayas. En ese instante se hizo un corro, y salió una matrona  ancha y poderosa de una tienda, con collares y adornos, taparrabos, pero también despechugada como todas, hace reverencias, ofrendas, y de pronto las señala significativamente una a una, y hace un circulo muy grande con la mano, acabando señalándose ella misma, y sonríe, sonríe maliciosamente. Aquello resultaba gracioso, y enseguida me vi envuelto en un frenesí de celebraciones y homenajes, las bebidas exóticas me impiden recordar detalles del sarao que inundó toda la noche. No sé si regresaron nunca los machos de la tribu, e imagínese el lumbago a qué es debido y quién su causante principal. Supongo que todas las indígenas hicieron acopio de cariño y desfogue total en medio del follaje, porque la que me esperaba al final, como había señalado, después de una noche intensa, la jefa suprema, matrona de más de doscientos kilos me causó tamañas lesiones. Por eso digo, cuando informen de los viajes en la agencia, por favor, asegúrense de que el territorio a visitar está inexplorado. Como comprenderá tuve que volver a nado al cabo de unos meses a la isla primera, si no quería acabar exhausto y mermado para los restos. Sea como fuere, no presentaré reclamación: El objetivo principal se cumplió. Es más, lo recomiendo en dietas de adelgazamiento turísticas, a pesar del lumbago. Recordar ahora no es igual.

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