Los comentarios canallas de Turistilla.

A 110 kilómetros por hora.

Recientemente nos ha sorprendido el gobierno de España con una nueva medida para reducir el consumo energético: bajar la velócidad máxima en autovías a 110 kilómetros por hora. Quiero pensar que quienes hacen los cálculos macroeconómicos sabrán de la eficacia de dicha medida. No obstante, me temo que otros sectores como es el turístico se van a ver afectados negativamente con su entrada en vigor.

No porque haya que ir más despacio, y por ende se tarde más en llegar al destino, los españoles van a dejar de salir los fines de semana a su segunda residencia, o de minivacaciones. Pero sí puede ser que el auncio de la medida, y su aplicación, generen entre los ciudadanos la sensación de incertidumbre en la situación económica.
No quiero decir que los españoles no hayan percibido la grave crisis económica por la que estamos pasando, que de sobra la conocemos y la sufrimos. A donde voy a parar es a la conclusión de que medidas que, a priori pueden parecer absurdas, generan una sensación multiplicadora sobre la gravedad de la crisis. Como consecuencia de dichas percepciones, comiencen a recortar aquellos gastos más prescindibles como son las vacaciones. Ahí es donde el sector turístico puede verse afectado por los 110 kilómetros por hora.



Turismo y revueltas en el mundo árabe.

Durante estas últimas semanas estamos siendo testigos de una serie de revueltas en el mundo árabe que, de momento, ya ha hecho caer a varios gobiernos que, durante varias décadas, han ejercido el poder de forma dictatorial. Otra cosa bien distinta es saber cuál es la deriva que van a tener estas revoluciones populares.

Como no podía ser de otro modo, estos cambios políticos que se están produciendo con distinto grado de violencia en en norte de África van a alterar el sector turístico internacional en un doble sentido. En primer lugar por la inestabilidad generada en unos destinos de sol y playa -caso de Túnez- y culturales -caso de Egipto-, que eran competidosres directos del destino con la marca España. Por otro lado, por el más que previsible encarecimiento de ciertos productos energéticos como petróleo y gas al ser alguno de estos países -Libia, Argelia- grandes productores.

Ante esta situación solo cabe una posibilidad: estar atentos a las nuevas circurstancias y reaccionar con la mayor rapidez posible para poder aprovechar la nuevas oportunidades que se abren en estos tiempos convulsos. De no ser así, dejaremos escapar otra oportunidad para continuar en el pelotón de cabeza del sector turístico.

Turistas, rehenes de primera.

Los turistas (entendiendo por tal a quienes se desplazan a lugares diferentes al de su residencia habitual) son, ahora más que nunca, unos potenciales rehenes en quienes tienen puesta su mirada no pocos enemigos. En unos casos con formas violentas y peligrosas. En otros de forma sutil pero muy eficaz.

Todos los años salta a las portadas de los noticiarios el caso de algún turista secuestrado por Al-Qaeda, u otro grupo terrorista en aquellos territorios donde estos campan a sus anchas. Estos secuestradores utilizan esas formas agresivas a las que me refería anteriormente. Ante ellos solo cabe evitar las áreas geográficas en las que son fuertes, y que no es necesario recordar.

Pero, en cierta forma, también son rehenes aquellos turistas que se ven sometidos y utilizados de forma arbitraria por organismos legales de países democráticos para sus fines particulares. Ejemplos no nos faltan. Rehenes son todos los pasajeros que se ven afectados por las huelgas, más o menos salvajes, de controladores aéreos, condutores de autobuses, maquinistas ferroviarios y así un largo etcétera. Rehenes son también los turistas que se ven sometidos al arbitrio de unos pésimos gobernantes que, ante sus malas gestiones, en vez de dimitir por incompetentes, no se les ocurre otra cosa que imponer una tasa a los turistas que pernoctan en sus áreas de influencia. En estos casos no corre peligro la vida del turista, pero su bolsillo, de una u otra forma, se ve "legalmente" saqueado.

Viajar con mal tiempo.

Tenemos demasiado interiorizado la premisa de que solo se puede disfrutar de un viaje cuando el tiempo acompaña, entendiendo por tal que las temperaturas no sean muy bajas y el sol luzca con toda su pomposidad en el horizonte. Pese a ello, he de decir que a los viajes con mal tiempo también tienen se les puede encontrar su encanto.

Se imaginan recoriendo el circuito de un spa contemplando a través de unos ventanales caer la lluvia, o incluso la nieve. O tal vez les llame más la atención la tranquilidad de una casa rural, junto al flamear de la chimenea, bajo una noche oscura a las seis de la tarde de un gélido invierno. ¿Y pasear por los trásitos de uno de esos viejos conventos convertidos en hotel con un fuerte viento como sonido de fondo? El encanto de todas esas escenas descritas no sería posible sin unas condiciones meteorológicas adversas.

Incluso el mismo desplazamiento puede tener su encanto en estas situaciones. Estarán de acuerdo conmigo en que el constante chocar de la lluvia sobre el parabrisas del coche interrumpido metódicamente por el vaiven del limpia resulta relajante. Eso sí, la prudencia debe de extremarse al máximo en estas situaciones.

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