Donde nace la Historia de Polonia
Ubicada a medio camino entre Berlín y Varsovia, Poznan es una de las ciudades más antiguas e interesantes de Polonia. Capital de la histórica región de la Gran Polonia, esta urbe no solo destaca como un motor económico impulsado por sus famosas ferias comerciales, sino que también late con el entusiasmo de miles de estudiantes universitarios. Poznan combina con maestría su pasado como cuna de la nación polaca con una atmósfera moderna, vanguardista y con indudables atractivos turísticos.
Para entender la relevancia de Poznan, es necesario retroceder más de mil años en el tiempo. En la isla fluvial de Ostrów Tumski (la Isla de la Catedral), situada sobre el río Varta, se asentaron las bases del primitivo Estado polaco en el siglo X. Es aquí donde se encuentra la Catedral de San Pedro y San Pablo, el templo más antiguo del país y el lugar de sepultura de los primeros monarcas polacos. Caminar por la isla es hacer un viaje al origen de la identidad nacional, rodeado de una paz que contrasta con el bullicio del centro urbano
Pero el centro neurálgico del turismo y la vida social es la Plaza del Mercado Viejo (Stary Rynek). Rodeada por hileras de icónicas y estrechas casas de mercaderes pintadas en tonos pastel, la plaza parece sacada de un cuento de hadas medieval. El gran protagonista del lugar es el Ayuntamiento de Poznan, una obra maestra del Renacimiento italiano diseñada en el siglo XVI por el arquitecto Giovanni Battista di Quadro.
Cada día, justo cuando el reloj marca las doce del mediodía, cientos de viajeros y locales se congregan frente a su torre principal. En ese momento, se abren dos pequeñas puertas sobre el reloj mecánico y aparecen los famosos cabritos de Poznan. Estas dos figuras se golpean la cabeza doce veces al compás de un toque tradicional de trompeta, rememorando una simpática leyenda local y sacando una sonrisa a todo el que lo presencia.
No muy lejos, el reconstruido Castillo Real vigila la ciudad desde una colina. Ofrece a los visitantes una vista panorámica de la ciudad.
Otra parada obligatoria en Poznan es el Palacio Imperial, hoy día reconvertido en centro cultural. El viajero podrá llevarse una clara idea de la relevancia que la antigua monarquía polaca tuvo en la ciudad de Poznan. Como curiosidad hay que contar que en jardines del palacio imperial se puede contemplar una fuente que recuerda la Fuente de los Leones de la Alambra de Granada.
La identidad de Poznan también se saborea. Ninguna visita está completa sin probar el Croissant de San Martín (Rogal Świętomarciński), un dulce con denominación de origen protegido relleno de semillas de amapola blanca, nueces y pasas.
Tampoco debe pasarse por alto el lago Malta, situado a pocos minutos del centro de Poznan. Es el epicentro deportivo y de ocio de la ciudad. Este gran embalse artificial alberga una de las pistas de regatas más modernas de Europa, escenario de importantes campeonatos mundiales de remo y piragüismo. A su alrededor se despliega un entorno ideal para familias y deportistas, con pistas de ciclismo, una pista de esquí artificial abierta todo el año, un parque acuático y el trenecito histórico Maltanka.
Ya sea para desenterrar los secretos del origen de Polonia, disfrutar de su gastronomía en acogedores cafés o simplemente dejarse llevar por los colores de su plaza histórica, Poznan se abre paso como un destino imprescindible y lleno de vida en el corazón de Europa Central.
Leyenda de los cabritos de Poznan
La leyenda cuenta que un joven cocinero llamado Pietrek preparaba un banquete en el Ayuntamiento para celebrar la reconstrucción del edificio. Distraído, dejó quemar el asado principal: una pierna de venado.
Desesperado por salvar la cena, Pietrek corrió a un prado cercano y robó dos cabritos con la intención de cocinarlos. Sin embargo, los animales escaparon de la cocina y subieron corriendo hasta la torre más alta del Ayuntamiento. Una vez arriba, ante la mirada atónita de los invitados y del alcalde, los cabritos comenzaron a golpearse la cabeza amistosamente con los cuernos.
La graciosa escena divirtió tanto al gobernador que perdonó al joven cocinero. Además, ordenó al relojero construir un mecanismo mecánico con dos cabritos para que salieran cada día a las doce a chocar sus cabezas, convirtiéndose en el símbolo eterno de Poznan.
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