Palacio Ducal de Lerma.

La herencia del valido de Felipe III.

Aún recuerdo la primera vez que visité, hace no pocos años, la ciudad de Lerma. A diferencia de lo que suelo tener por costumbre, en aquella ocasión no me había documentado mucho acerca de la ciudad antes del viaje. Así pues, cuando adcedí a la amplia Plaza Ducal y contemplé la poderosa fachada del Palacio, mi sorpresa fue mayúscula. Toda una sorperesa, y, dicho sea de paso, toda una decepción al contemplar el estado de semiabandono en el que se hallaba el edificio. Pensé para mis adentros que dicho edificio parecía el lugar perfecto para ser habilitado como parador de Turismo.


Años más tarde, volvía a visitar esta bella población burgalesa, y cuando vi que el palacio estaba en obras, mi curiosidad me obligó a conocer el fin de dichas actuaciones. Y ahí estaba: "Obras de rehabilitación del Palacio Ducal de Lerma para transformarlo en Parador de Turismo". Evidentemente, aquel pensamiento efimero de mi primer viaje lo habían tenido otras personas con el suficiente poder de decisión para materiarizarlo. Como no podía ser de otro modo, hice el firme propósito de regresar para pernoctar en tan noble construcción.
Tras la inauguración del Parador de Turismo Duque de Lerma, en la primera ocasión que tuve, allá que me fui. Si el edificio es soberbio en su fachada exterior, la imagen interior, fruto de una adecuada rehabilitación, no le va  a la zaga. Recorriendo los tránsitos del claustro, o disfrutando de los excelentes asados del restaurante, es fácil imaginar los famosos festines que allí se daba  la corte de Felipe III, atraida hasta estos lares por su valido, el Duque de Lerma.

El Duqueque de Lerma, don Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, el hombre de estado que dirigió los derroteros de la política española a principios del siglo XVII, fue también el artífice de poner el punto de mira de la corte en su pueblo natal. Para ello se trajo hasta allí a los mejores artísitas de la época como fueron los arquitectos Francisco de Mora o Juan Gómez de Mora. A estos se les deben las indudables trazas herrerianas del Palacio Ducal y de otros edificios de la población como sucede con la Iglesia Colegial.



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