Castillo de Arévalo.

Renacido airoso sobre sus ruinas pasadas.

Detalle del castillo de Arévalo.
Cuando uno se topa ante la estampa reconstruida del hermoso castillo de la ciudad abulense de Arévalo, enseguida le viene a la memoria la ingente cantidad de castillos, torres, monasterios y demás patrimonio que está siendo pasto de la inclemente vorágine destructora del paso del tiempo. Unos edificios que están viendo caer sus muros al tiempo que esas administraciones que debieran ser guardianes de su supervivencia se dedican a contratar a arquitectos que proyectan, previo pago de cantidades desorbitadas de dinero, complejos urbanísticos de dudosa utilidad. El castillo de Árévalo tuvo mejor suerte y fue reconstruido a partir de las ruinas a las que le llevo la desidia de sus últimos moradores y el olvido en el que cayó posteriormente. Tras su reconstrucción se ha convertido en uno de los iconos más representativos de la ciudad, al tiempo que foco cultural.


Vista general del castillo abulense de Arévalo.
Los orígenes del castillo de Arévalo hay que buscarlos en el siglo XV, siendo don Álvaro de Zúñiga, duque de Béjar, su promotor. Desde entonces, en su larga historia, el noble edificio ha hecho un poco de todo. Comenzó dando cobijo a sus ilustres moradores para, posteriormente, servir de cárcel, o de silo para almacenar grano.  En la actualidad, una de sus funciones es la de albergar un curioso museo sobre el cereal.

Detalle de las almenas del castillo de Arévalo.

En el edificio, de planta pentagonal, destaca la recia torre del homenaje, en cuyo interior está el citado museo del cereal. Cada una de sus esquinas está rematada por unas torres circulares unidas por las almenas que, a su vez, están decoradas con unos coquetos arquillos. En la construcción del edificio encontramos una armoniosa combinación de piedra y ladrillo mezclados sin cierto orden, pero que no resulta desagradable a la vista.

Castillo de Arévalo, en Ávila.

Desde la fortaleza, a cuya defensa ayudan los ríos Adaja y Arevalillo, partían unas murallas que protegían la ciudad. De esas murallas todavía encontramos algún vestigio por el casco urbano. Un casco urbano que, por cierto, bien merece un paseo pausado pues en el recorrido encontraréis bellos rincones que guardan su encanto pese al progreso que, en no pocos lugares, destruye todo lo añejo.

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